La noche en que Jacinto se encontró con el Carbonero
Por
PEDRO FELIPE GRANADOS
PRIMERA PARTE
Después de mucho insistir y de organizar alguna que otra pataleta a lo largo de
aquel verano, sus padres otorgaron por fin el permiso a Jacinto para acompañar
al abuelo en el viaje que realizaba, como una costumbre inquebrantable, a
principios de septiembre.
A sus doce años recién cumplidos ya se consideraba con derecho más que
suficiente y con la edad adecuada para visitar, el día de la Patrona, el
Santuario del Saliente.
Pero, sobre todo, él era el único de los primos que aún no había acompañado al
abuelo a la romería anual que reclutaba una inmensa cantidad de gente de
aquellos contornos y de lejanos lugares del resto del país.
Jacinto se desplazaba todos los veranos, desde una populosa capital del sur
donde vivía, a la casa familiar del abuelo. Tres meses de felicidad, de
interesantes aventuras, de libertad plena. Allí, a las orillas de la Fuente de
las Mercedes, los días adquirían para él la tonalidad de lo nuevo, del verano
emocionante y prometedor, recién estrenado.
El sol inclemente de la estación no era impedimento para disfrutar yendo de aquí
para allá, internándose en los maizales para quebrar las cañas y las panochas,
en busca de los gusanos con los que cebar los cepos para cazar pájaros. Días de
baños a cuerpo desnudo con la chiquillería en las minas por las que circulaba el
agua fresquísima de la acequia nacida de la fuente. Tardes de después de la
siesta, en la pared trasera de la casa, ya en la umbría, cuando sus tías le
traían torradas con miel para reponer las fuerzas empleadas en subir a las
higueras para coger los frutos que aún no habían picoteado los pájaros. La
ciudad permanecía olvidada por entonces en un pequeño rincón del cerebro.
Sin embargo, a Jacinto algo le enturbiaba aquella felicidad. Y es que, allá por
el final de las vacaciones, a primeros de septiembre, el abuelo solía emprender
un viaje para acudir a la feria del Saliente,
acompañado por uno de los primos de más edad. La vuelta de los viajeros venía
empapada de anécdotas, de regalos, de horas y horas de conversación entre los
mayores, que se hacían lenguas sobre la enorme cantidad de peregrinos, sobre las
músicas y bailes, sobre la fiesta y el bullicio del encuentro. Como recuerdo de
aquella singular peregrinación, al niño le traían algún regalo que contribuía a
acrecentar aún más su curiosidad y su deseo de estar presente en un
acontecimiento de tanto relieve. Una vez fue una navaja en cuya hoja estaba
grabada la palabra Albacete, un nombre que él incorporó desde entonces a los
lugares preferidos de su fantasía. Con esta navaja cortaba las cañas y las ramas
con las que imitaba la espada de su héroe favorito por entonces: el Guerrero del
Antifaz. En otra ocasión el regalo fue un coche de hoja de lata con un mecanismo
de cuerda que le permitió jugar horas y horas en los interminables bochornos de
la siesta.
SEGUNDA PARTE
Los días previos al viaje, Jacinto se quedaba despierto hasta altas horas
imaginando cómo sería aquel lugar maravilloso, cuántas y qué grandes las casetas
de la feria, qué desconocidos juguetes atraerían su atención. Después soñaba con
balones de cuero, con pelotas pequeñas de goma sujetas a un elástico, con
espadas de madera de haya pintadas y sujetas a un correaje como el que lucían
los personajes de sus tebeos favoritos.
Aquel año se cumplieron por fin sus deseos. Llegó el día siete de septiembre y a
Jacinto lo acostaron temprano porque era preciso madrugar al día siguiente. Y en
efecto, cumplido un sueño febril y sobresaltado, la mano de su madre lo sacudió
con suavidad, despertándolo. Un leve ajetreo dentro de la casa le indicó que se
estaban haciendo los preparativos. Le trajeron un café de malta con leche de
cabra puesto en un tazón humeante con sopas. Después su madre le lavó la cara y
le pasó un peine con el que le alzó el flequillo en un arribaespaña oloroso a
agua de colonia.
Los mayores sacaron del corral la mula más tranquila y la enjaezaron con la
mejor albarda de la casa. Subió el abuelo, y él en la grupa, abrigados ambos con
una manta para evitar el relente de la noche. Fueron varias horas por ramblas y
veredas al paso tranquilo de la mula, guiados tan sólo por la claridad de las
estrellas y la intuición segura del animal, acostumbrado, después de muchos
años, a aquellos viajes nocturnos, realizados con puntualidad en la fecha
improrrogable del siete de septiembre.
A lo largo del camino, el abuelo le fue contando sus viajes por el Norte y su
trabajo en las minas de carbón de las cuencas hulleras, y la vuelta a la tierra
buscando de nuevo el sol y la seguridad del clima que le calmase los accesos de
tos que le provocaba una lejana silicosis contraída por el polvo de la mina.
Ahora entendía Jacinto las alusiones al maldito polvo de carbón con que a veces
se despachaba el abuelo en los momentos de malhumor, y también la colección de
minerales coleccionados en la caja con tapa de cristal que guardaba en un arca y
que sólo le dejaba ver en muy contadas ocasiones.
TERCERA PARTE
La llegada al Saliente
se produjo con las primeras luces del día. A pesar de lo temprano de la hora, ya
se percibía un bullicio y una expectación que asombraron a Jacinto. Acostumbrado
durante los meses anteriores a la tranquila soledad del cortijo familiar, aquel
trasiego de gentes y animales, aquel bullicio, la imponente mole del Santuario,
contemplado por primera vez, lo dejaron casi aturdido.
Puesto el pie en tierra, y después de haber ayudado al abuelo, que, aunque firme
y erguido en la montura, ya titubeaba algo en los andares, se dirigieron ambos
al edificio. Las dimensiones internas del recinto llamaron la atención del niño,
pero sobre todo el incesante entrar y salir de peregrinos, ataviados con las
ropas de fiesta, y el olor a cera procedente de las velas de sebo que ardían por
docenas al pie del altar principal.
El abuelo le hizo arrodillarse en el hueco libre de un banco y le indicó que
rezara un padrenuestro y un avemaría. Mientras murmuraba automáticamente y sin
especial devoción las oraciones, el niño percibió el contraste entre el
recogimiento del interior y el ambiente de fiesta y de bullicio del exterior.
Salieron después a la explanada. A Jacinto le atraían los puestos de turrón y de
bebidas, las gaseosas y naranjadas, las casetas cargadas de juguetes de todas
clases. No sabía hacia dónde mirar, los ojos se le llenaban de aquella
abundancia y aquella novedad. Pasearon por entre las casetas, mirando, saludando
a conocidos y parientes lejanos. Mientras el abuelo hablaba, él se quedaba a un
lado observando el trajín de gentes y animales, tragando aquel polvo persistente
que se levantaba del suelo y que se depositaba sobre todo en los relucientes
zapatos que le había comprado su madre para ese gran día.
Pasaron la jornada y, antes de marcharse, entraron de nuevo al Santuario. Allí,
el abuelo puso una lamparilla en el candelero y una vela al pie del altar de la
Virgen.
Era la atardecida cuando emprendieron el regreso. Jacinto se acomodó en la parte
delantera de la albarda. De nuevo la noche, el paso acompasado y cansino de los
cascos del animal, y la luminosa e impresionante cubierta de estrellas titilando
allá lejos, en el fondo negro del firmamento. De pronto, entre las brumas del
sueño producido por el cansancio y las emociones, Jacinto pudo oír una voz que
rompió el silencio de la noche:
-Salud y buenas noches.
Jacinto, amodorrado junto al cuerpo de su abuelo, notó cómo éste le pasaba un
brazo por delante y lo atrajo hacia él, como para protegerlo. -Buenas noches a
usted y la compaña -respondió el abuelo.
El niño intuyó que algo anormal ocurría. El abuelo lo mantenía sujeto con fuerza
mientras hablaba con aquella gente, sombras entre las sombras nocturnas, de las
que sólo podía distinguir la lumbre de un cigarro que de tarde en tarde
resplandecía en el rostro de quien parecía llevar la voz cantante.
Hubo después una conversación, no exenta de tonos agrios, de la que él sólo
recuerda que al hilo de las palabras se deslizó en dos o tres ocasiones el
nombre de el Carbonero. En un determinado momento, el abuelo descabalgó del
animal y se acercó a aquellos hombres, manteniendo una breve conversación con
ellos, cuyo sentido no pudo percibir. El episodio acabó cuando las sombras
desaparecieron por una boquera de la rambla, con el mismo sigilo y misterio con
el que habían aparecido.
FINAL
La llegada a la casa se produjo de madrugada, y Jacinto sólo recuerda que,
cansado por el viaje, lo acostaron en su cama, en la que se durmió nada más
apoyar el cuerpo sobre las sábanas. A1 día siguiente lo despertaron tarde, y
cuando pasó a la cocina para desayunar le sorprendió que sus padres lo abrazaran
con más fuerza y durante más tiempo que de costumbre. Su madre llegó incluso a
derramar unas lágrimas. Al fin y al cabo, no había sido un viaje tan largo,
pensaba.
Jacinto había casi olvidado el episodio nocturno, cuando una mañana, algunos
días después, una de sus primas entró en la casa con cierta alteración y comentó
que un vecino había encontrado a la orilla del camino del olivar unas cáscaras
de huevo que tenían escrita la frase «Aquí estuvo el Carbonero». Entonces
recordó de nuevo aquel nombre, ya olvidado, como si fuera un sueño, entre el
cúmulo de emociones de la feria del Saliente.
Preguntó quién era el Carbonero y su abuelo le respondió que los niños no deben
saber ciertas cosas.
Aquel verano acabó y Jacinto hubo de regresar con sus padres a la lejana capital
del Sur para proseguir sus estudios de Bachillerato en el Instituto. Le esperaba
un año lento de monótonos y borrosos estudios y la única esperanza de volver a
los días luminosos de las vacaciones en casa del abuelo.
Sin embargo, sólo el año siguiente pudo Jacinto terminar de comprender el
sentido de aquella historia. Una tarde de julio, después de la siesta, el abuelo
lo llamó:
-Jacinto, tú que tienes buena letra, saca la pluma, que me tienes que escribir
unas cosas que he escrito.
El niño extrajo el plumier que guardaba en un armario, cogió la pluma y se
dispuso a copiar lo que el abuelo le dictaba. Se trataba de un romance, algunas
de cuyas peripecias no entendía, pero entre lo que pudo extraer y las
explicaciones, ahora sí, de su abuelo, se enteró de que aquella noche lejana
había conocido a una persona de la leyenda de aquellas tierras, un maquis huido
de la justicia, héroe para unos, bandolero sin entrañas para otros. Junto a este
recuerdo, Jacinto conserva hoy en la memoria, muchos años después, el fragmento
inicial de aquel romance, que, pasado el tiempo, más parece una leyenda que una
realidad.
La historia del Carbonero,
un ejemplo verdadero
con pruebas que a nadie engañan,
por la ambición del dinero justificado en España
Autor: Pedro Felipe Granados