Una noche de Romería.
Rosa Isabel García Bonillo
Anoche, tras ocho años, me fui de nuevo de romería. Apenas he dormido dos horas y tengo el cuerpo dolorido, pero anoche por fin entendí a los peregrinos. Pasaban las doce y cuarto de la noche cuando nos decidimos a emprender el camino. De una caterva de indecisos, sólo quedamos el artista y yo. El artista es un personaje singular, lo descubrí anoche, cuando nos apartamos del sendero de los paraísos artificiales, cuya cacofonía quedó pronto ahogada por la soledad de aquella rambla.
Anoche, el artista fue mi guía, valioso guía, a pesar de llevar yo la linterna, y de ser él más joven, anoche, como buen maestro, me enseñó lo que, forastera, ignoraba hasta entonces. Que existe otro camino, más llano, más tranquilo, donde el silencio acompaña al pensamiento, lo encamina y lo encauza, como el artista a mí anoche; donde de vez en cuando se extraviaban otros forasteros que, asustados por la falta de ruido y de hombres, preguntaban al artista, convertido en San José, "¿es este el camino?", y una vez aliviados, huían despavoridos, hasta desaparecer prematuramente detrás de un cerro en busca del calor y de la seguridad de almas más ruidosas, sin darse tiempo a escucharse a ellos mismos en el silencio y en la soledad... Y como si de un milagro se tratara, el cielo se decidió a exhibirse, y las nubes etéreas fueron desvaneciéndose tan delicadamente que, apenas sin darme cuenta, de repente, levanté los ojos y ante mí se ofreció un imponente manto de un millón de estrellas, que parecían querer lucirse coquetas, pues la diosa Luna anoche estaba ausente.
Anoche, por fin, entendí a los peregrinos, y desde luego que al llegar a aquella
cuesta atroz y cruel que machaca a los cuerpos agotados, nos paramos, recelosos
por la remembranza de años pasados, hasta no encontrar más excusas para no
subirla… Sin embargo, anoche, por alguna razón que no logro comprender, sentí el
corazón y el alma tan livianos que podría volver a subirla ahora mismo, que ya
no le tengo miedo.
Cuando, al llegar por fin, eran las cinco y cuarto, volvimos a convertirnos en
dos peregrinos anónimos más mezclados en una multitud no tan populosa como lo
había sido en mis recuerdos; me acerqué a la puerta y vi muchas caras
consternadas agolpándose a las puertas del Santuario. Entonces, decidí alejarme
de ellas, sentarme en un banco al desamparo de un viento que cada vez soplaba
más y más gélidamente. Y desde aquel asiento, contemplé la bonita plaza, sus
luces, el edificio imponente ante mis ojos, y di gracias a la Virgen que debía
estar ahí y por todas partes, y no le pedí nada, sólo le di las gracias, por
todo, por mi vida, y en aquel momento en particular por anoche…